La Flecha negra
La Flecha negra —¡Ah, buen muchacho! ¿Cómo iba a hacerlo, si no tenÃa armas? Y aunque las tuviese… no sé manejarlas —contestó el otro, saliendo al camino.
—¿Y por qué me llamáis «buen muchacho»? No sois, me parece, el mayor de nosotros dos.
—Perdonadme, master Shelton —repuso el otro—. No tuve la menor intención de ofenderos. Más bien querÃa implorar vuestra nobleza y favor, pues me encuentro más angustiado que nunca, perdido el camino, la capa y mi pobre corcel. ¡Látigo y espuelas tengo, pero no caballo que montar! ¡Y sobre todo! —agregó, mirando con tristeza su propio traje—; ¡sobre todo… estoy tan sucio y lleno de lodo!
—¡Queréis callar! —exclamó Dick—. ¿Os importa tanto un chapuzón más o menos? Sangre de una herida o polvo o barro del camino… ¿qué son sino adornos del hombre?
—Pues yo prefiero no verme tan adornado —objetó el muchacho—. Pero, por Dios os ruego, ¿qué he de hacer? Buen master Shelton, aconsejadme, os lo suplico. Si no llego sano y salvo a Holywood, estoy perdido.
—¡Vamos! —exclamó Dick, echando pie a tierra—. Algo más que consejos voy a daros. Tomad mi caballo, que yo iré corriendo un rato. Cuando esté cansado, cambiaremos; asÃ, cabalgando y corriendo, los dos podemos ir más deprisa.