La Flecha negra
La Flecha negra
ERA EL rÃo Till de ancho cauce y perezosa corriente de aguas fangosas, procedentes del pantano, que en esta parte de su curso se adentraba entre una veintena de islotes de cenagoso terreno cubierto de sauces.
Sus aguas eras sucias, pero en aquella serena y brillante mañana todo parecÃa hermoso. El viento y los martinetes quebrábanlas en innumerables ondulaciones y, al reflejarse el cielo en la superficie, las matizaban con dispersos trozos de sonriente azul.
Avanzaba el rÃo en un recodo hasta encontrar el camino, y junto a la orilla parecÃa dormitar perezosamente la cabaña del barquero. Era de zarzo y arcilla, y sobre su tejado crecÃa verde hierba.
Dick se dirigió hacia la puerta y la abrió. Dentro, sobre un sucio capote rojo, se hallaba tendido y tiritando el barquero, un hombretón consumido por las fiebres del paÃs.
—¡Hola, master Shelton! —saludó—. ¿VenÃs por la barca? ¡Malos tiempos corren! Tened cuidado, que anda por ahà una partida. Más os valiera dar media vuelta y volveros, intentando el paso por el puente.
—Nada de eso; el tiempo vuela, Hugh, y tengo mucha prisa —repuso Dick.
