La Flecha negra

La Flecha negra

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—Claro que lo sé; es una broma —explicó Dick—. Hombre eres, y si no, que se lo pregunten a tu madre. ¡Ánimo, valiente! Buenos golpes has de repartir todavía. Y ahora dime, Jack: ¿a quién de los dos armarán caballero primero? Porque yo he de serlo, o moriré por ello. Eso de «sir Richard Shelton, caballero» suena muy bien, y tampoco sonará mal «sir John Matcham».

—Dick, por favor, espera que beba —suplicó el otro, deteniéndose al pasar junto a una cristalina fuente que brotando del declive caía en diminuto charco empedrado de guijarros y no mayor que un bolsillo—. ¡Ay, Dick, si pudiera encontrar algo que comer! ¡Me muero de hambre!

—Pero ¡tonto!, ¿por qué no comiste en Kettley? —preguntó Dick.

—Había hecho voto de ayunar… por un pecado que me indujeron a cometer —balbució Matcham—. Pero, lo que es ahora, aunque fuese pan duro como una piedra, lo devoraría.

—Siéntate, pues, y come —dijo Dick—, mientras yo exploro el terreno para buscar el camino.

Echó mano Dick al zurrón que llevaba y de él sacó pan y unos trozos de tocino seco, que Matcham comenzó a devorar, mientras él se perdía entre los árboles.


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