La Flecha negra
La Flecha negra —No; tengo dieciséis —respondió Matcham.
—Poco has crecido para esa edad —observó Dick—. Cógete de mi mano. Iremos despacio… No temas. Te debo la vida… y soy buen pagador, Jack, lo mismo del bien que del mal.
Comenzaron a remontar la cuesta.
—Tarde o temprano daremos con el camino —añadió Dick—, y entonces sabremos adónde vamos. Pero… ¡qué mano tan pequeña tienes, Jack! Si yo tuviese unas manos como las tuyas, me darÃa vergüenza enseñarlas… Y… ¿sabes lo que te digo? —prosiguió soltando una risita—: ¡JurarÃa que Hugh el barquero te tomó por una muchacha!
—¡No es posible! —exclamó Matcham, ruborizándose.
—¡Te digo que sà y apuesto lo que quieras! —gritó Dick—. Pero no hay por qué censurarle; más aspecto tienes de muchacha que de hombre. Para ser muchacho tienes un extraño aspecto; pero para muchacha, Jack, serÃas guapa. Una moza muy bien parecida.
—Bueno —repuso Matcham—; pero tú sabes muy bien que no lo soy.