La Flecha negra
La Flecha negra Era ésta una de las varoniles habilidades de que él se reconocÃa incapaz. Entre las cosas que admiraba, la primera era la de haber matado a un hombre en buena lid, pero la segunda consistÃa en saber nadar.
—¡Bueno! —dijo—. Esto ha de servirme de lección. Yo prometà cuidar de ti hasta llegar a Holywood y, ¡por la cruz!, más capaz te has mostrado tú de cuidarme y salvarme a mÃ.
—Entonces, Dick, ¿somos amigos?… —preguntó master Matcham.
—¿Es que hemos dejado de serlo alguna vez? —repuso Dick—. Eres un bravo mozo, a tu manera, aunque algo afeminado todavÃa. Hasta hoy no me tropecé con nadie que se te pareciera. Mas, por amor de Dios, recupera el aliento y sigamos adelante. No es éste el momento apropiado para charlas.
—Me duele este pie horriblemente —dijo Matcham.
—¡Ah! Ya se me habÃa olvidado. ¡Bueno! Tendremos que ir más despacio. Lo que yo quisiera es saber dónde estamos. He perdido el camino, aunque tal vez sea mejor asÃ. Si vigilan el embarcadero, quizá vigilen el sendero también. ¡Ojalá hubiera vuelto sir Daniel con sólo cuarenta hombres! BarrerÃamos a estos bribones como el viento barre las hojas. Acércate, Jack, y apóyate en mi hombro… Pero… si no llegas… ¿Qué edad tienes? ¿Doce años?