La Flecha negra

La Flecha negra

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Predicando con el ejemplo, comenzó su carrera, ocultándose, cambiando continuamente de dirección entre los sauces, saltando de promontorio en promontorio sobre los lugares pantanosos. No tenía tiempo para fijarse en qué dirección marchaba: lo importante era volver la espalda al río y alejarse de aquel sitio.

Pronto observó que el terreno comenzaba a ascender, lo que le indicó que marchaba por buen camino. Poco después penetraban en un repecho cubierto de mullido césped, donde los olmos se mezclaban ya con los sauces.

Pero allí Matcham, que avanzaba penosamente, quedando muy rezagado, se dejó caer al suelo y gritó, jadeante, a su compañero:

—¡Déjame, Dick, no puedo más!

Dick se volvió y retrocedió hasta donde se hallaba tendido su compañero.

—¿Dejarte, Jack? —exclamó—. Eso sería una villanía, después de que, por salvarme la vida, te has expuesto a que te hirieran de un flechazo y a un chapuzón y quizá a ahogarte también. Ahogarte, sí, pues sólo Dios sabe cómo no te arrastré conmigo.

—Nada de eso —repuso Matcham—; sé nadar y nos hubiéramos salvado los dos.

—¿Sabes nadar? —exclamó Dick asombrado.


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