La Flecha negra
La Flecha negra —Bueno; entonces tendréis que ir a pie —replicó el hombre, disparando la flecha.
El caballo, herido por el dardo, se encabritó, lleno de terror; volcó la embarcación y en un instante estaban todos luchando con los remolinos de la corriente.
Al salir a flote, Dick se halló a cosa de un metro de la orilla, y antes de que sus ojos pudieran ver con toda claridad, su mano se había cerrado sobre algo firme y resistente que al instante comenzó a arrastrarle hacia delante. Era la fusta que Matcham, arrastrándose por las colgantes ramas de un sauce, le tendía oportunamente.
—¡Por la misa! —exclamó Dick, en tanto recibía el auxilio para poner pie en tierra—. Os debo la vida. Nado como una bala de cañón.
Y se volvió enseguida hacia el islote.
En mitad de la corriente nadaba Hugh, cogido a su barca volcada, mientras que John-a-Fenne, furioso por la mala fortuna de su tiro, le gritaba que se diera prisa.
—¡Vamos, Jack! —dijo Shelton—, corramos. Antes de que Hugh pueda arrastrar su lancha hasta la orilla o de que entre ambos la enderecen estaremos nosotros a salvo.