La Flecha negra
La Flecha negra Chocó el bote contra un grupo de sauces del cenagoso suelo con un crujido. Matcham, pálido, pero sin perder el ánimo y manteniéndose ojo avizor, corrió por los bancos de la barca y saltó a la orilla a una señal de Dick. Éste, cogiendo de las riendas al caballo, intentó seguirle. Pero fuese por el volumen del caballo, fuese por la frondosidad de la espesura, el caso es que quedaron ambos atascados. Relinchó y coceó el caballo, y el bote, balanceándose en un remolino de la corriente, iba y venía de un lado a otro, cabeceando con violencia.
—No va a poder ser, Hugh; aquí no hay modo de desembarcar —exclamó Dick; pero continuaba luchando con la espesura y con el espantado animal.
En la orilla del islote apareció un hombre de elevada estatura, llevando en la mano un enorme arco. Por el rabillo del ojo vio Dick cómo el recién llegado montaba el arco con gran esfuerzo, roja la cara por la precipitación.
—¿Quién va? —gritó—. Hugh, ¿quién va?
—Es master Shelton, John —respondió el barquero.
—¡Alto, Dick Shelton! —ordenó el del islote—. ¡Quieto, y os juro que no os haré ningún daño! ¡Quieto! ¡Y tú, Hugh, vuelve a tu puesto!
Dick le dio una respuesta burlona.