La Flecha negra
La Flecha negra —Pero aquà no hay senda ni desembarcadero, no se ven más que pantanos cubiertos de sauces y charcas cenagosas —objetó Dick.
—Master Shelton —repuso Hugh—: No me atrevo a llevaros más cerca, en interés vuestro. Ese sujeto espÃa mi barca con la mano en el arco. A cuantos pasan por aquà y gozan del favor de sir Daniel los caza como si fueran conejos. Se lo he oÃdo jurar por la santa cruz. Si no os conociera desde tanto tiempo, ¡ay, desde hace tantos años!, os hubiera dejado seguir adelante; pero en recuerdo de los dÃas pasados y ya que con vos lleváis este muñeco, tan poco hecho a heridas y a andanzas guerreras, me he jugado mis dos pobres orejas por dejaros a salvo. ¡Contentaos con eso, que más no puedo hacer: os lo juro por la salvación de mi alma!
Hablando estaba aún Hugh, apoyado sobre los remos, cuando de entre los sauces del islote salió una voz potente, seguida del rumor que un hombre vigoroso causaba al abrirse paso a través del bosque.
—¡Mala peste se lo lleve! —exclamó Hugh—. ¡Todo el rato ha estado en el islote de arriba! —Y asà diciendo, remó con fuerza hacia la orilla—. ¡Apuntadme con la ballesta, buen Dick! ¡Apuntadme y que se vea bien claro que me estáis amenazando! —añadió—. ¡Si yo traté de salvar vuestro pellejo, justo es ahora que salvéis el mÃo!