La Flecha negra

La Flecha negra

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En el extremo opuesto del claro se elevaba sobre los otros árboles un abeto, cuyo oscuro follaje se recortaba contra el cielo. Su tronco, recto y sólido como una columna, se elevaba unos quince metros sobre el terreno, y a esta altura se bifurcaba en dos macizas ramas, y en la horquilla que formaban, como marinero subido en el mástil, se hallaba un hombre cubierto con verde tabardo, vigilando por todas partes. El sol relucía en sus cabellos; con una mano se hacía sombra sobre los ojos para avizorar la lejanía, y lentamente volvía la cabeza de uno a otro lado con la regularidad de un mecanismo.

Los dos jóvenes cambiaron una expresiva mirada.

—Probemos por la izquierda —dijo Dick—. Por poco caemos tontamente en la trampa, Jack.

Diez minutos después llegaban a un camino trillado.

—No conozco esta parte del bosque —observó Dick—. ¿Adónde nos conducirá este sendero?

—Sigámoslo —dijo Matcham.

Algunos metros más allá seguía el caminillo hasta la cresta de un monte, y desde allí descendía bruscamente hacia una hondonada en forma de taza. Al pie, como saliendo de un espeso bosquecillo de espinos en flor, dos o tres caballetes sin tejado, ennegrecidos como por la acción del fuego, y una larga y solitaria chimenea mostraban las ruinas de una casa.

—¿Qué será eso? —murmuró Matcham.


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