La Flecha negra
La Flecha negra —No lo sé —respondió Dick—. Estoy desorientado. Avancemos con cautela.
Saltándoles el corazón en el pecho, fueron descendiendo por entre los espinos. Aquà y allá descubrÃan señales de reciente cultivo; entre los matorrales crecÃan los árboles frutales y las hortalizas; sobre la hierba se veÃan pedazos de lo que fue un reloj de sol. Les parecÃa que caminaban sobre lo que habÃa sido una huerta. Avanzaron unos pasos más y llegaron ante las ruinas de la casa.
Ésta debió ser, en su tiempo, una agradable y sólida mansión. La rodeaba un foso profundo, cegado ahora por los escombros, y una viga caÃda hacÃa las veces de puente. Hallábanse en pie las dos paredes extremas, a través de cuyas ventanas desnudas brillaba el sol; pero el resto del edificio se habÃa derrumbado y yacÃa en informe montón de ruinas, tiznadas por el fuego. En el interior brotaban algunas verdes plantas por entre grietas.
—Ahora que recuerdo —cuchicheó Dick—, esto debe de ser Grimstone. Era el fuerte de un tal Simon Malmesbury, y sir Daniel fue su ruina. Hace cinco años que Bennet Hatch lo incendió. Fue una lástima, pues la casa era magnÃfica.