La Flecha negra
La Flecha negra Al atisbar a través de este orificio, se quedaron como petrificados de terror. Retroceder era imposible; apenas si se atrevían a respirar. En el borde mismo de la hondonada, a menos de diez metros del lugar donde estaban agazapados, borbollaba un caldero de hierro lanzando nubes de vapor, y junto a él, en actitud de acecho, como si hubiera oído algún rumor sospechoso al encaramarse ellos por los escombros, se hallaba un hombre alto, de cara rojiza y tez curtida, con una cuchara de hierro en la mano derecha y un cuerno de caza y una formidable daga colgados al cinto. Sin duda éste era el cantor, y era evidente que removía el caldero cuando percibió el rumor de algún paso entre los escombros. Algo más allá dormitaba un hombre tendido en el suelo, envuelto en un pardo capote; sobre su rostro revoloteaba una mariposa. Todo esto se veía en un espacio abierto que cubrían margaritas silvestres; en el lado opuesto, suspendidos de un florido espino blanco, se veían un arco, un haz de flechas y restos de la carne de un ciervo.
Enseguida, el individuo dejó su actitud recelosa, se llevó el cucharón a la boca, saboreó su contenido, sacudió la cabeza satisfecho, y volvió a remover el líquido del caldero mientras cantaba:
«Quien por ciudad no puede, por el bosque ha de andar».
Graznó, reanudando su canción donde la había dejado antes: