La Flecha negra
La Flecha negra No venimos, señor, a causar ningún mal
sino a clavarle una flecha a un ciervo real.
Mientras asà cantaba, de vez en cuando sacaba una cucharada de aquel caldo y, después de soplarla, la saboreaba con el aire de un experto cocinero. Al fin juzgó, sin duda, que el rancho estaba ya en su punto, pues, empuñando el cuerno de caza que llevaba pendiente del cinto, lo hizo sonar tres veces como toque de llamada.
Su compañero se despertó, dio en el suelo una vuelta, espantó la mariposa y miró en torno.
—¿Qué pasa, hermano? —preguntó—. ¿Está lista la comida?
—SÃ, borrachÃn —respondió el cocinero—. La comida está lista, y bien seca por cierto, sin pan ni cerveza. Poco regalada se nos ha vuelto la vida en el bosque; tiempo hubo en que se podÃa vivir como un abad mitrado, porque a pesar de las lluvias y las blancas heladas, tenÃas vino y cerveza hasta hartarte. Pero ahora, desalentados andan los hombres, y ese John Amend-all, ¡Dios nos salve y nos proteja!, no es más que un espantapájaros.
—No —repuso el otro—, es que tú le tienes demasiada afición a la carne y a la bebida, Lawless. Aguarda un poco, aguarda; ya vendrán tiempos mejores.