La Flecha negra
La Flecha negra —Mira —replicó el cocinero—; esperando estoy esos buenos tiempos desde que era asà de alto. He sido franciscano, arquero del rey, marinero; he navegado por los mares salados y también he estado ya otras veces en los bosques tirando a los ciervos del rey. ¿Y qué he ganado con todo ello? ¡Nada! Más me hubiera valido haberme quedado rezando en el claustro. John Abbot es más útil que John Amend-all. ¡Por la Virgen! Ahà vienen ésos.
Uno tras otro, iban llegando al prado una serie de individuos, todos de elevada estatura. Cada uno de ellos sacaba, al llegar, un cuchillo y una escudilla de cuerno, se servÃa el rancho del caldero y se sentaba a comer sobre la hierba. Iban muy diversamente equipados y armados: unos con sucios sayos y sin más arma que un cuchillo y un arco viejo; otros con toda la pompa de aquellas selváticas partidas, de paño verde de Lincoln, lo mismo el capuchón que el jubón, con elegantes flechas en el cinto adornadas de plumas de pavo real, un cuerno en bandolera y espada y daga al costado. Llegaban silenciosos y hambrientos, y, gruñendo apenas un saludo, se disponÃan inmediatamente a comer.