La Flecha negra
La Flecha negra Una veintena de ellos se habían reunido cuando, de entre los espinos, salió el rumor de unos vítores ahogados, y al momento aparecieron en el prado cinco o seis monteros, llevando unas parihuelas. Un hombre alto, corpulento, de pelo entrecano, y de cutis tan oscuro como un jamón ahumado, marchaba al frente con cierto aire de autoridad, terciado el arco a su espalda y con una brillante jabalina en la mano.
—¡Muchachos! —gritó—. ¡Buenos compañeros y alegres amigos míos! Hace tiempo que vivís sufriendo privaciones e incomodidades, sin un buen trago con que refrescar el gaznate. Pero ¿qué os dije siempre? Soportad vuestra suerte, pues cambia y cambia pronto. Y aquí está la prueba de que no me engañé; aquí tenéis uno de sus primeros frutos… cerveza, esa bendición de Dios.
Hubo un murmullo de aprobación y aplauso cuando los portadores dejaron sobre el suelo las parihuelas y mostraron un abultado barril.