La Flecha negra
La Flecha negra —Y ahora, despachad pronto, muchachos —prosiguió aquel hombre—. Hay trabajo que nos espera… Un puñado de arqueros acaba de llegar al embarcadero; morados y azules son sus trajes, buen blanco para nuestras flechas, que no ha de quedar uno que no pruebe… Porque, muchachos, aquà estamos cincuenta hombres, y todos hemos sido vilmente agraviados. Unos perdieron sus tierras, otros sus amigos, otros fueron proscritos y todos sufrieron injusta opresión. ¿Y quién es el causante de tanto mal? ¡Sir Daniel! ¿Y ha de gozarse en ello? ¿Ha de sentarse cómodamente en nuestras propias casas? ¿Ha de chupar el meollo al hueso que nos ha robado? Creo que no. Él buscó su fuerza en la ley, ganó pleitos. Pero ¡ah!, hay un pleito que no ganará… En mi cinto llevo una citación que, con la ayuda de todos los santos, acabará con él.
Al llegar aquà la arenga, ya andaba Lawless por el segundo cuerno de cerveza; lo alzó como si fuera a brindar por el orador.
—Master Ellis —dijo—: Clamáis venganza y ¡bien os sienta ese papel! Pero vuestro pobrecillo hermano del bosque, que jamás tuvo tierras que perder ni amigos en quien pensar, mira, por su parte, al provecho de la cosa. ¡Más quisiera un noble de oro[4] y un azumbre de vino canario que todas las venganzas del Purgatorio!