La Flecha negra
La Flecha negra —Lawless —replicó el otro—: Para llegar a Moat House, sir Daniel tiene que atravesar el bosque. Haremos que su paso le cueste más caro que una batalla. Y cuando hayamos dado con él en tierra y con el puñado de miserables que se nos hayan escapado, vencidos y fugitivos sus mejores amigos, sin que nadie acuda en su auxilio, sitiaremos a ese viejo zorro y grande será su caÃda. Ése sà que es un gamo rollizo; con él tendremos comida para todos.
—Sà —repuso Lawless—; a muchas de esas comilonas he asistido ya; pero cocinarlas es trabajo difÃcil, master Ellis. Y entretanto, ¿qué hacemos? Preparamos flechas negras, escribimos canciones y bebemos buena agua fresca, la más desagradable de las bebidas.
—Faltas a la verdad, Will Lawless. Aún hueles tú a la despensa de los franciscanos; la gula te pierde —contestó Ellis—. Veinte libras le cogimos a Appleyard, siete marcos anoche al mensajero y el otro dÃa le sacamos cincuenta al mercader.
—Y hoy —añadió uno de los hombres— he detenido yo a un gordinflón perdonador de pecados que galopaba hacia Holywood. Aquà está su bolsa.
Ellis contó el contenido.
—¡Cien chelines! —refunfuñó—. ¡Idiota! LlevarÃa más en las sandalias o cosido en esclavina. Eres un chiquillo, Tom Cuckow; se te ha escapado el pez.