La Flecha negra
La Flecha negra —¡No es sir Daniel! —exclamó jadeante—. No son más que siete. ¿Ha disparado ya ése la flecha?
—Ahà se ha roto ahora mismo —respondió Ellis.
—¡Maldición! —exclamó el mensajero—. Ya me pareció oÃrla silbar. ¡Y me he quedado sin comer!
En un minuto, corriendo unos, andando otros rápidamente, según se hallaran más o menos lejos, los hombres de la Flecha Negra desaparecieron de los alrededores de la casa en ruinas; y el caldero, el fuego, ya casi apagado, y los restos del ciervo colgados del espino, quedaron solitarios para dar fe de su paso por aquel lugar.