La Flecha negra
La Flecha negra
LOS MUCHACHOS permanecieron inmóviles hasta que el ruido de los últimos pasos se hubo desvanecido. Se levantaron maltrechos y doloridos por lo forzado de la postura, treparon por las ruinas y, valiéndose de la viga caÃda, cruzaron el antiguo foso. Matcham habÃa recogido del suelo el gancho de hierro y marchaba el primero, seguido de Dick, rÃgido y con la ballesta bajo el brazo.
—Ahora —dijo Matcham—, adelante, hacia Holywood.
—¡A Holywood! —exclamó Dick—. ¿Cuándo buenos compañeros están en peligro de ser alcanzados por los tiros de esa gente? ¡No! ¡Antes te dejarÃa ahorcar, Jack!
—¿De modo que me abandonarÃas? —preguntó Matcham.
—¡SÃ! —repuso Dick—. Y si no llego a tiempo de poner en guardia a esos muchachos, moriré con ellos. ¡Cómo! ¿PretenderÃas tú que abandonara a mis propios compañeros, entre los cuales he vivido? Supongo que no. Dame el gancho.
Nada más lejos de la imaginación de Matcham.
—Dick —le dijo—, tú juraste por los santos del cielo que me dejarÃas a salvo en Holywood. ¿RenegarÃas de tu juramento? ¿SerÃas capaz de abandonarme… para ser un perjuro?
