La Flecha negra
La Flecha negra Se oyó entonces el galopar de otro caballo, y al rato, saliendo de los linderos del bosque y cruzando con estrépito el puente, llegó a caballo el joven master Richard Shelton, que se hallaba bajo la tutela de sir Daniel. Él, al menos, sabrÃa algo de lo que ocurrÃa, por lo que, llamándole, le suplicaron que se lo explicara. El muchacho, un joven que aún no habÃa cumplido los dieciocho años, de rostro curtido por el sol y ojos grises, con jubón de gamuza con cuello de terciopelo negro, verde capuchón sobre su cabeza y una ballesta de acero terciada a la espalda, detúvose de buena gana. Al parecer, el correo habÃa traÃdo importantes noticias. Era inminente la batalla. Sir Daniel habÃa ordenado que todo hombre capaz de tensar un arco o de empuñar un hacha partiese inmediatamente hacia Kettley, bajo pena de incurrir en su enojo. Pero nada sabÃa Dick acerca de por quién habÃan de luchar ni del lugar donde se librarÃa la batalla. El mismo sir Oliver no tardarÃa en llegar y Bennet Hatch se estaba preparando en aquel momento, pues él habÃa de acaudillar a los hombres.
—¡Esto será la ruina de esta tierra! —exclamó una mujer—. Si los barones viven en guerra constante, los campesinos tendrán que alimentarse de raÃces.
—Nada de eso —dijo Dick—: El que nos siga recibirá seis peniques diarios, y los arqueros, doce.
—Eso será si viven —repuso la mujer—; pero ¿y si mueren, señor?