La Flecha negra
La Flecha negra —Nada más honroso que morir por su señor natural.
—No será el mÃo —replicó el hombre del sayo—. Yo seguà a los Walsingham, y como yo, todos los de Brierley, hasta hace un par de años por la Candelaria. ¡Y ahora he de pasarme al bando de los Brackley! La ley lo hizo, y no la naturaleza. ¿Qué me importan a mà sir Daniel ni sir Oliver, que entiende más de leyes que de honradez? Yo no tengo más señor natural que el pobre rey Enrique VI, a quien Dios bendiga, ese infeliz inocente que no sabe cuál es su mano derecha ni cuál su izquierda.
—Mala lengua tenéis, amigo —dijo Dick—, si asà difamáis a vuestro buen amo y a mi señor, el rey, en la misma calumnia. Pero el rey Enrique, ¡loados sean los santos!, ha recobrado el juicio y todo lo pondrá en orden pacÃficamente. En cuanto a sir Daniel, muy valiente os mostráis a espaldas suyas. Pero no soy ningún chismoso, asà que no hablemos más del asunto.
—Nada he dicho en vuestro agravio, master Richard —repuso el campesino—. Sois todavÃa un muchacho, pero cuando seáis un hombre, os encontraréis con la bolsa vacÃa. Y no digo más: ¡qué todos los santos del cielo ayuden a los vecinos de sir Daniel y la Virgen bendita proteja a sus pupilos!