La Flecha negra
La Flecha negra Abajo, en el fondo del amplio valle, el atajo que partÃa de la aldea de Tunstall descendÃa serpenteando hasta el vado. Camino bien trillado, fácilmente podÃa la vista seguir su curso de punta a punta. Aquà lo bordeaban los claros del bosque, abiertos por completo; quedaba más allá como encerrado entre los árboles; y cada cien metros se extendÃa junto a un lugar propicio para una emboscada. Muy abajo ya del camino se veÃan relucir al sol siete celadas de acero, y, de cuando en cuando, donde los árboles clareaban, aparecÃan en descubierto Selden y sus hombres, cabalgando animosos, dispuestos a cumplir las órdenes de sir Daniel. El viento se habÃa calmado un poco, mas todavÃa luchaba algo alborotado con los árboles, y si allà hubiese estado Appleyard quizá se hubiera puesto en guardia al observar la agitación de que daban muestras los pájaros.
—FÃjate —murmuró Dick—. Muy adentro del bosque se hallan ya; y en seguir adelante estriba más bien su salvación. Pero ¿ves ese extenso claro que se alarga debajo de nosotros y en medio del cual hay unos cuarenta árboles que parecen formar una isla? Allà es donde pueden salvarse. Si llegan sin tropiezo hasta ese grupo, ya hallaré yo medio de advertirles del peligro. Pero temo que el corazón me engaña: no son más que siete contra tantos… y sin más armas que sus ballestas. El arco de grandes dimensiones será siempre superior a éstas, Jack.