La Flecha negra
La Flecha negra —¿De modo que me eres fiel, Jack? —preguntó—. Pensé que acaso fueras del otro partido.
Matcham se puso a sollozar.
—Pero ¡vamos! ¡Qué los santos nos asistan! ¿Por una palabra vas a lloriquear?
—Es que me hiciste daño —sollozó Matcham—. Me hiciste daño cuando me arrojaste al suelo. Eres un cobarde que abusas de tu fuerza.
—¡No digas tonterÃas! —exclamó Dick bruscamente—. No tenÃas derecho a quedarte con mi gancho. Lo que yo debÃa haber hecho era darte una buena paliza. Si vienes tendrás que obedecerme; anda, vamos.
Casi le entraban ganas a Matcham de quedarse rezagado. Pero al ver que Dick continuaba corriendo cuanto podÃa hacia la cumbre y ni siquiera volvÃa la vista atrás, lo pensó mejor y corrió tras él a su vez. El terreno era difÃcil y escarpado: Dick le habÃa ganado una buena delantera, y lo cierto era que tenÃa las piernas más ligeras. Por eso hacÃa ya rato que Dick habÃa llegado a la cima, rastreando entre los abetos y escondiéndose tras unas espesas matas de retamas, antes de que Matcham, jadeante como un ciervo, se reuniera con él y pudiera echarse a su lado.