La Flecha negra
La Flecha negra —Bien —respondió el otro—. No puedo detenerme más discutiendo. SÃgueme, si es preciso; pero si me traicionas, poco ganarás con ello, fÃjate bien. Te meteré una flecha en el cuerpo, muchacho.
Asà diciendo, Dick emprendió de nuevo veloz carrera, manteniéndose siempre en el borde del bosque y mirando atentamente en torno suyo mientras corrÃa. Sin aflojar el paso, salió de la hondonada y volvió a los sitios más abiertos y despejados. A la izquierda surgÃa una eminencia, salpicada de doradas retamas y coronada por un negro penacho de abetos.
Desde allà podré ver mejor, pensó, y se lanzó hacia aquel sitio, atravesando un claro cubierto de brezos.
No habÃa avanzado más que algunos metros cuando Matcham, tocándole en un brazo, le señaló algo con el dedo. Al este de la cima se iniciaba un declive, como si un valle cruzase al otro lado. No habÃan desaparecido aún allà los brezos, y la tierra era rojiza como adarga enmohecida, sobriamente punteada de tejos. En aquel lugar percibió Dick, uno tras otro, a diez casacas verdes que escalaban la altura; marchando a la cabeza de ellos, claramente discernible por llevar su jabalina, Ellis Duckworth en persona. De uno en uno fueron ganando la cumbre, se dibujaron un momento contra el cielo y se hundieron en el otro lado, hasta que el último desapareció.
Dick contempló a Matcham con ojos bondadosos.