La Flecha negra
La Flecha negra —Te seguiré si se me antoja —repuso Matcham—. El bosque es de todo el mundo.
—¡Atrás! —rugió Dick, apuntándole con el arco.
—¡Ah! ¡Qué valiente! —replicó Matcham—. ¡Dispara!
Algo confundido Dick bajó su arma.
—Escucha —dijo—: Ya me has hecho bastante daño. Sigue tu camino en paz, porque, de lo contrario, lo quieras o no, te obligaré a hacerlo.
—Bien —dijo Matcham tercamente—. Tú eres el más fuerte de los dos. Haz lo que quieras. Yo no dejaré de seguirte, Dick, a menos que me obligues.
Dick estaba casi fuera de sà ante tal insistencia. No tenÃa valor para golpear a una pobre criatura tan incapaz de defenderse; pero en verdad que no conocÃa otro medio para librarse de aquel molesto y acaso —como ya comenzaba a pensarlo— infiel compañero.
—Estás loco —gritó—. Pero ¡imbécil! ¿No ves que corro en busca de tus enemigos, tan deprisa como los pies puedan llevarme?
—No me importa, Dick —repuso el otro—. Si tú vas a que te maten, yo moriré contigo. Mejor quisiera que me encarcelasen contigo que estar libre y sin ti.