La Flecha negra
La Flecha negra —¿Yo, Dick? ¡Jamás! —repuso Matcham—. Y si me abandonas serás un perjuro, y asà lo pregonaré por todas partes.
—¡Me hierve la sangre! ¡Dame ese gancho! ¡Dámelo!
—¡No quiero dártelo! —le contestó Matcham—. ¡He de salvarte a pesar tuyo!
—¿No? —gritó Dick—. ¡Pues te obligaré a ello!
—¡Inténtalo! —replicó el otro.
Quedaron mirándose frente a frente, dispuestos ambos a saltar. Brincó entonces Dick, y aunque Matcham giró rápidamente y emprendió la huida, le ganó la delantera. Dick, con otro par de saltos, le quitó el gancho, retorciéndole la mano en que lo empuñaba, le arrojó violentamente al suelo y quedó frente a él, amenazándole con los puños. Matcham quedó tendido en el lugar donde habÃa caÃdo, con la cara sobre la hierba, sin ofrecer resistencia. Dick aprestó entonces su arco.
—¡Ya te enseñaré!… —gritó furioso—. ¡Con juramento o sin él, lo que es por mÃ, pueden ahorcarte!
Girando sobre sus talones, echó a correr. Instantáneamente Matcham se levantó y corrió tras él.
—¿Qué quieres? —gritó Dick parándose—. ¿Por qué me sigues? ¡No te acerques!