La Flecha negra
La Flecha negra —No. No es ésta la primera vez que lo oigo —replicó Matcham—. Todo el mundo sabe que fue sir Daniel quien lo mató. Y lo mató faltando a su juramento de respetarle la vida; en su propia casa fue derramada su sangre inocente. ¡El cielo clama venganza, y tú, el hijo de aquel hombre, pretendes auxiliar y defender al asesino!
Jack —exclamó el muchacho—, no lo sé. Acaso sea cierto, pero ¿cómo puedo yo saberlo? Escucha: ese hombre me ha criado y educado; con los suyos compartà caza y juegos, y abandonarlos en la hora del peligro… ¡Oh!, si tal cosa hiciera, muchacho, serÃa prueba de que no tengo ni pizca de honor. No, Jack, tú no me pedirÃas hacer tal cosa; no puedes querer que yo sea tan villano.
—Pero ¿y tu padre, Dick? —dijo Matcham, indeciso—. Tu padre… ¿y el juramento que me hiciste? Al cielo pusiste por testigo.
—¿Mi padre? —exclamó Shelton—. ¡Mi padre me dejarÃa ir! Si es cierto que sir Daniel le mató, cuando llegue la hora esta mano dará muerte a sir Daniel; pero ni a él ni a los suyos los abandonaré en el momento del peligro. Y en cuanto a mi juramento, mi buen Jack, tú vas a relevarme de él ahora mismo. Por las muchas vidas que ahora peligran, de pobres hombres que ningún mal te hicieron, y, además, por mi propio honor, tú vas a dejarme ahora libre de ese peso.