La Flecha negra
La Flecha negra —No —replicó Dick—. Cuando lo juré pensaba cumplirlo; ése era mi propósito… Pero ahora… Hazte cargo, Jack, y ponte en mi lugar. Déjame avisar a esos hombres, y, si es necesario, que corra con ellos el peligro. Después, partiré de nuevo para Holywood a cumplir mi juramento.
—Te estás burlando de mà —repuso Matcham—. Esos hombres a quienes quieres socorrer son los que me persiguen para perderme.
Dick se rascó la cabeza.
—No tengo más remedio, Jack —contestó—. ¿Qué le voy a hacer? Tú no corres ningún peligro, muchacho; pero ellos van camino de la muerte. ¡La muerte! —añadió—. ¡Piénsalo! ¿Por qué demonios te empeñas en retenerme aqu� Dame el gancho. ¡Por san Jorge! ¿Han de morir todos ellos?
—Richard Shelton —dijo Matcham mirándole de hito en hito—: ¿SerÃas capaz de unirte al partido de sir Daniel? ¿No tienes orejas? ¿No has oÃdo lo que dijo Ellis? ¿O es que nada te dice el corazón cuando se trata de los de tu sangre y del padre que esos hombres asesinaron? «Harry Shelton», dijo, y sir Harry Shelton era tu padre, tan cierto como ese sol que nos alumbra.
—¿Y qué pretendes? ¿Que yo dé crédito a esa pandilla de ladrones?