La Flecha negra
La Flecha negra Los de la partida de la Flecha Negra, al verle, comenzaron a disparar de veras. Mas ya no era tiempo, habían dejado pasar el momento oportuno y la mayor parte de ellos tenían que disparar ahora de cara al sol. Y Selden, al correr, daba saltos de un lado a otro para dificultar la puntería y engañarlos. Y lo mejor de todo: al dirigirse hacia la parte superior del claro, había frustrado el plan que tenían preparado; no había tiradores apostados más allá del que acababa de herir o matar, y la confusión de los cabecillas se hizo pronto manifiesta. Sonaron tres silbidos, y después dos más… Desde otro sitio volvieron a silbar. Por todos lados se oía el rumor de gente que corría a través de los matorrales; un espantado ciervo apareció en el claro, se detuvo un instante sobre tres patas, olfateando el aire, y de nuevo se internó en la espesura.
Aún continuaba Selden corriendo y dando saltos, seguido sin cesar por las flechas, mas todas erraban el blanco. Parecía que iba a conseguir escapar. Dick había preparado la ballesta, pronto a proteger su huida, y hasta Matcham, olvidándose de su propio interés, se sentía ya, en el fondo de su corazón, a favor del pobre fugitivo, siguiendo ambos muchachos la escena anhelantes y temblorosos.