La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Y, de hecho, por muy mala que fuera su ropa, por muy vulgarmente que hablara, no tenía en absoluto el aspecto de un simple marinero del castillo de proa[6]; parecía más bien un oficial o un capitán acostumbrado a dar órdenes o latigazos. El hombre que empujaba la carretilla nos dijo que se había bajado de la diligencia aquella misma mañana delante del Royal George, y había preguntado qué posadas había por la costa; supongo que cuando se enteró de que la nuestra era recomendable y, al decir de la gente, solitaria, la eligió entre las demás.