La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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con aquella aguda y cascada voz de viejo que parecía haberse modulado y quebrado al son de los espeques del cabrestante. Luego llamó a la puerta con un palo parecido a un bichero que llevaba en la mano, y cuando mi padre apareció pidió a voces un vaso de ron. Se lo sirvieron; lo bebió lentamente, saboreándolo como buen catador, mientras se volvía a mirar ora el acantilado ora el letrero de nuestra posada. Al cabo dijo:

—Buena ensenada esta; y la taberna no está mal situada. ¿Muchos clientes, compadre?

Mi padre le contestó que no, que muy pocos, y que era una lástima.

—Entonces, este camarote me conviene —repuso él. Y luego, dirigiéndose al hombre que empujaba la carretilla, le gritó—: ¡Eh, mozo! Acosta a este lado y descarga el baúl. Me quedaré aquí una temporada. —Después añadió—: Soy un hombre sencillo. No necesito más que ron y huevos con tocino, y el mirador de ahí arriba para ver pasar los barcos. ¿Que cómo me tenéis que llamar? Llamadme capitán. Ya veo lo que estáis pensando…, ahí va. —Y arrojó sobre el umbral de la puerta tres o cuatro monedas de oro y declaró, orgulloso como un comandante—: Ya me diréis cuando se haya acabado[5].


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