La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Señor, me contrataron bajo lo que llamamos órdenes selladas para que pilotara la nave de este caballero hasta donde él me ordenara —dijo el capitán—. Hasta aquà muy bien. Pero ahora resulta que cualquier miembro de la marinerÃa sabe más que yo. Me parece a mà que eso no está bien, ¿no?
—No —contestó el doctor Livesey—, no está bien.
—Luego —prosiguió el capitán—, me entero de que partimos en busca de un tesoro…, y me entero por la tripulación, imaginaos. Buscar un tesoro es un trabajo muy delicado; a mà no me gustan nada los viajes en busca de tesoros, y mucho menos cuando son secretos y cuando, con vuestro permiso, señor Trelawney, el secreto lo cuenta hasta el loro.
—¿El loro de Silver? —preguntó el caballero.
—Es una forma de hablar —repuso el capitán—. Quiero decir que todo el mundo está enterado. Estoy convencido de que ninguno de vosotros, caballeros, sabéis en qué os habéis metido. Pero os diré lo que yo pienso de ello: os la jugáis a vida o muerte, y es una partida muy arriesgada.
—Eso está claro e incluso dirÃa que es muy cierto —replicó el doctor Livesey—. Asumimos el riesgo, pero no somos tan ignorantes como vos creéis. Pasemos a lo siguiente. DecÃs que no os gusta la tripulación. ¿Acaso no son buenos mareantes?