La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—Lo tenía —dijo el cocinero—, lo tenía cuando levamos anclas. Pero mi parienta ya lo lleva en el bolsillo. Hemos vendido El Catalejo, y liquidado renta, clientela y enseres, y mi parienta me espera en un lugar que solo yo me sé. Te diría dónde, porque me fío de ti, pero los compañeros se pondrían celosos.

—¿Y puedes fiarte de tu parienta? —preguntó el otro.

—Los caballeros de fortuna —contestó el cocinero— suelen fiarse poco los unos de los otros, y razón no les falta, tenlo por seguro. Pero yo hago las cosas a mi manera, sí señor. Si un camarada, o sea, uno que sabe cómo me las gasto, pone la zancadilla al viejo John, tiene los días contados en este mundo. Algunos tenían miedo de Pew y otros tenían miedo de Flint; pero Flint me tenía miedo a mí. Me tenía miedo, a pesar de su arrogancia. Los hombres de Flint eran los marineros más fieros que surcaban los mares; ni el mismísimo diablo se habría atrevido a embarcarse con ellos. Y mira lo que te digo: no soy ningún fanfarrón, y tú mismo has visto que me llevo bien con la gente; pero cuando yo era cabo, los bucaneros de Flint no eran precisamente corderitos. Conque puedes ir bien tranquilo en el barco del viejo John.


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