La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Te voy a confesar una cosa —replicó el muchacho—: no me gustaba ni pizca este trabajo hasta esta conversación contigo, John. Pero, ahora…, choca esos cinco.
—Eres un buen chico y, además, listo —replicó Silver, estrechándole la mano con tanta fuerza que el tonel se estremeció—. Y con un tipo que ni pintado para caballero de fortuna; nunca he visto otro mejor.
En aquel momento empecé a comprender el sentido de aquella conversación. Lo de «caballero de fortuna» designaba nada más y nada menos que a un vulgar pirata. Y la escenita que acababa de oÃr era el último acto de corrupción de uno de los marineros decentes…, tal vez el único que quedase a bordo. Sobre este particular, enseguida salà de dudas, pues, tras un silbido de Silver, apareció un tercer hombre, que se sentó junto a los otros dos.
—Dick es de fiar —dijo Silver.
—Ya sabÃa yo que era de fiar —respondió la voz del timonel Israel Hands—. No tiene un pelo de tonto —masticó la bola de tabaco, escupió y luego prosiguió—: Mira, Barbacoa, lo que quiero saber es esto: ¿cuánto tiempo vamos a seguir de acá para allá como un maldito bote de vivandero? Estoy hasta la coronilla del capitán Smollett. Ya me ha fastidiado bastante, ¡qué rayos! Quiero entrar en la cámara de oficiales, eso es. Y quiero sus encurtidos y sus vinos, y todo lo demás.