La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Israel —dijo Silver—, no tienes mucho seso, nunca lo has tenido. Pero supongo que tendrás oÃdos; al menos las orejas las tienes bien grandes. Escucha lo que te voy a decir: vas a seguir en el catre a proa, trabajando como un condenado y sin piar ni emborracharte hasta que yo lo diga, ¿comprendido, compadre?
—Nadie ha dicho lo contrario —gruñó el timonel—. Lo único que digo es: ¿cuándo? Eso es lo que digo.
—¿Cuándo? ¡Por todos los demonios! —exclamó Silver—. Pues, si quieres saberlo, te voy a decir cuándo. Tan tarde como me sea posible, asà que ya sabes cuándo. Tenemos un marinero de primera clase, el capitán Smollett, que pilota este bendito barco por nosotros. Tenemos al caballero y al doctor con el mapa y todo lo demás… porque yo no sé dónde está. Ni tú tampoco, me figuro. Lo que quiero decir es que el caballero y el doctor localizarán el material y nos ayudarán a subirlo a bordo, ¡qué diablos! Luego ya veremos. Si no me falláis ninguno de vosotros, hijos de holandeses mal nacidos, conseguiré que el capitán Smollett nos lleve hasta mitad de camino de regreso antes de dar el golpe.
—Pero ¡todos somos marineros aquà a bordo, digo yo! —intervino Dick.