La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Todos marineros de agua dulce, querrás decir —replicó Silver—. Sabemos mantener el timón, pero ¿quién es capaz de fijar el rumbo? Ahà es donde os estrelláis todos, del primero al último. Si de mà dependiese, dejarÃa que el capitán Smollett nos llevase de regreso por lo menos hasta los alisios; con eso, evitarÃamos malditos errores de cálculo y tener que racionar el agua a cucharada por dÃa. Pero sé cómo os las gastáis. Me obligaréis a que acabe con ellos en la isla, en cuanto la mercancÃa esté a bordo, y será una lástima. Y es que nunca estáis contentos hasta que no estáis borrachos. ¡Que me parta un rayo! Estoy harto de navegar con tipos como vosotros.
—No te pongas asÃ, John el Largo —exclamó Israel—. Nadie te va a llevar la contraria.
—¿Cuántos buenos barcos te crees que he visto ir a la deriva? ¿Y cuántos valientes muchachos secarse al sol en el muelle de las Ejecuciones[30]? —gritó Silver—, y todo por esa maldita prisa de siempre, la prisa, la prisa, me oyes. Yo ya he visto más de un par de cosas en la mar. Tan solo con que fuerais capaces de mantener el rumbo y una cuarta a barlovento irÃais como en carroza, sà señor. Pero ¡no; ya os conozco! Mañana os hartáis de ron y que os cuelguen.