La Isla del tesoro

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Entonces fue cuando se me pasó por la cabeza la primera de las temerarias ideas que tanto contribuyeron a salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba atrás a seis hombres, era evidente que los nuestros no podían tomar el barco y luchar desde él; y como solo se habían quedado seis, era igualmente evidente que el grupo de la cámara de oficiales no necesitaba, de momento, mi ayuda. Inmediatamente se me ocurrió bajar a tierra. En un periquete me deslicé por el costado y me acurruqué en la parte delantera del bote más próximo, y casi en el mismo instante nos pusimos en marcha.

Nadie advirtió mi presencia, excepto el remero de proa, que me dijo:

—¿Eres tú, Jim? Baja la cabeza.

Pero Silver, desde la otra chalupa, escudriñó nuestro barco y gritó para saber si era yo; desde ese momento, empecé a lamentar lo que había hecho.

Los marineros competían por llegar en primer lugar a la playa, pero el bote en el que yo iba, que había salido por delante y además era el más ligero y que llevaba a los mejores remeros, le sacó mucha distancia a su compañero, y en cuanto la proa alcanzó los árboles de la costa, agarré una rama, de la que me colgué, y salté hasta los matorrales más cercanos, mientras Silver y el resto se encontraban todavía a un ciento de yardas de distancia.

—¡Jim! ¡Jim! —le oí gritar.


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