La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Supongo que aquellos necios se imaginaron que se iban a dar de narices con el tesoro en cuanto desembarcaran, pues todos dejaron de gruñir inmediatamente y prorrumpieron en un viva, cuyo eco devolvió uno de los distantes cerros e hizo que los pájaros salieran una vez más revoloteando y chillando por encima del fondeadero.

El capitán era demasiado listo para quedarse en cubierta. Desapareció en un santiamén, permitiendo que Silver organizase la expedición; y creo que actuó muy bien, pues de haberse quedado sobre cubierta, no podría haber seguido pretendiendo que no se daba cuenta de la situación. Estaba más clara que el agua. Silver era el capitán y tenía a sus órdenes a una banda terriblemente rebelde. Los marineros decentes, y pronto pude comprobar que había algunos a bordo, tenían que ser unos estúpidos. O más bien, y supongo que la verdad es esta, el ejemplo de los cabecillas influía sobre toda la marinería, sobre unos más y sobre otros menos; y unos cuantos, que en el fondo eran buenas personas, no estaban dispuestos a dejarse manejar ni conducir más lejos. Una cosa es ser un vago y un haragán, y otra muy distinta es apoderarse de un barco y asesinar a una serie de personas inocentes.

Sin embargo, al fin se organizó la expedición. Seis marineros se quedarían a bordo, y los otros trece, entre los que se contaba Silver, se dispusieron a embarcar.


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