La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Silver, señor —contestó el capitán—. Tiene tantas ganas como nosotros de apaciguar los ánimos. Esto no es más que un temporal; si tuviera la oportunidad de hablar con ellos, enseguida los calmarÃa, y lo que propongo es que le demos esa oportunidad. PodrÃamos conceder a los hombres la tarde libre en tierra. Si todos se van, lucharemos desde el barco. Si no se va ninguno, nos refugiaremos en esta cámara, y que Dios nos ayude. Si solo se van algunos, fijaos bien en lo que os digo, señor, Silver los volverá a traer a bordo más mansos que corderitos.
Quedó decidido. Se entregaron pistolas cargadas a todos los hombres leales. Hunter, Joyce y Redruth fueron debidamente informados y recibieron la noticia con menor sorpresa y mejor ánimo de lo que nos suponÃamos; luego, el capitán subió a cubierta y se dirigió a la tripulación en estos términos:
—Muchachos, hemos tenido un dÃa agotador y estamos todos cansados y nerviosos. Un paseÃto por la isla no hará daño a nadie… Los botes están todavÃa en el agua, asà que os los podéis llevar; todos los que quieran tienen permiso para ir a pasar la tarde a tierra. Dispararé un cañonazo media hora antes de que se ponga el sol.