La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Y no éramos solo nosotros, los de la cámara de oficiales, los que presentíamos el peligro. John el Largo se afanaba incansablemente, yendo de grupo en grupo, derrochando buenas palabras; nadie podría haber dado mejor ejemplo que él. Se superaba en buena voluntad y cortesía, y se mostraba afable con todo el mundo. En cuanto se daba una orden, John se ponía inmediatamente en pie, apoyado en la muleta, y contestaba con el mayor entusiasmo del mundo: «¡A la orden, señor!». Y si no había nada que hacer, entonaba una canción después de otra, como para contrarrestar el descontento del resto de la tripulación.
De todos los siniestros aspectos de aquella siniestra tarde, lo peor fue precisamente la preocupación tan patente de John el Largo.
Celebramos consejo en la cámara de oficiales. El capitán empezó diciendo:
—Señor, si me aventuro a dar otra orden, toda la tripulación se nos echa encima. Ya veis, señor, cómo están las cosas. Me contestan con impertinencia, ¿no es verdad? Pues bien, si les reprendo, se levantarán en armas en un santiamén. Y, si no lo hago, Silver se olerá algo y levantaremos la liebre. Solo podemos contar con un hombre.
—¿Y quién es? —preguntó el caballero.