La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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CAPÍTULO XIV

Estaba tan contento de haber conseguido escapar de John el Largo, que empecé a disfrutar y a mirar a mi alrededor con cierto interés aquel lugar desconocido en el que me encontraba.

Había atravesado una ciénaga llena de sauces, juncos y extraños y exóticos árboles palustres y había alcanzado la linde de un calvero ondulado y arenoso, de aproximadamente una milla de largo, salpicado con unos cuantos pinos y un gran número de árboles retorcidos, bastante parecidos al roble, aunque de hojas más pálidas, como las de los sauces. En el extremo opuesto del calvero se elevaba uno de los cerros, con sus dos picachos escarpados de extraña silueta que relucían al sol.

Por primera vez sentí la emoción del explorador. La isla estaba desierta; había dejado atrás a mis compañeros de barco y frente a mí no tenía más que fieras y aves. Anduve de un lado para otro por entre los árboles; de trecho en trecho florecían plantas que me eran desconocidas; vi algunas serpientes; una de ellas asomó la cabeza por detrás de una roca y siseó, emitiendo un sonido que se parecía al de una peonza al girar. Estaba lejos de suponer que se trataba de un enemigo mortal, y aquel sonido, el del famoso cascabel.


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