La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Entonces llegué a un soto de aquellos árboles de hojas pálidas parecidos al roble y que luego supe que eran robles vivaces o perennes, que crecían a ras de la arena como zarzas, con las ramas extrañamente retorcidas y el follaje espeso como el bálago. El soto cubría la pendiente de uno de los montículos arenosos, haciéndose cada vez menos espeso y más alto, hasta llegar a orillas de una gran ciénaga llena de cañas atravesada por uno de los arroyuelos que iba a desembocar en el fondeadero. El marjal humeaba bajo los fuertes rayos del sol y el perfil del cerro del Catalejo oscilaba a través de la bruma. De repente se oyó cierto alboroto por entre los juncos. Un pato salvaje echó a volar con un graznido. Otro le siguió y al momento la superficie del cañaveral quedó cubierta por una nube de aves que gritaban y dibujaban círculos en el aire. Supuse inmediatamente que algunos de mis compañeros de a bordo estarían cerca de la ciénaga. Y no me equivoqué, pues al momento oí los distantes y apagados tonos de una voz humana; escuché más atentamente y comprendí que se iba acercando, pues se oía cada vez más fuerte.

Me dio mucho miedo y me arrastré hasta un roble vivaz cercano, bajo el cual me cobijé, atento a lo que sucedía y más callado que un muerto.



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