La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Se oyó la respuesta de otra voz; a continuación la primera, que identifiqué como la de Silver, volvió a coger el hilo de la conversación y siguió oyéndose durante un buen rato ininterrumpidamente, salvo alguna intervención de la segunda. Por el tono comprendí que aquellos hombres discutían, o que casi se peleaban; pero no alcancé a distinguir ninguna palabra.
Al cabo de un rato me pareció que se callaban, o incluso que se habían sentado, porque no solo sus voces dejaron de aproximarse, sino que las propias aves se fueron calmando y regresaron a sus puestos en la ciénaga.
Entonces empecé a pensar que no estaba cumpliendo con mi misión; ya que había sido tan temerario como para desembarcar con aquellos malhechores, lo menos que podía hacer era espiar sus conciliábulos; mi tarea debía consistir pura y simplemente en acercarme a ellos lo más posible, emboscado tras las ramas bajas de los árboles.
Podía localizar con bastante exactitud a los hombres, no solo por el sonido de sus voces, sino también por el comportamiento de los escasos pájaros que todavía revoloteaban alarmados por encima de las cabezas de los intrusos.