La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Entonces pensé que aquel desgraciado se habÃa vuelto loco debido a la soledad, y supongo que se me notó por la cara que puse, porque repitió su afirmación con más énfasis:
—¡Rico, rico, te digo! Y te juro que voy a hacer de ti una persona importante, Jim. ¡Ay, Jim, bendita sea tu suerte, porque has sido el primero en dar conmigo!
Mientras decÃa estas palabras, una sombra se cernió sobre su rostro; me apretó la mano con más fuerza y levantó un Ãndice amenazador ante mis ojos, al tiempo que me preguntaba:
—Jim, dime la verdad, ¿no será ese el barco de Flint?
Al oÃrle esas palabras tuve una feliz inspiración.
Empecé a pensar que habÃa encontrado un aliado, y le contesté sin dudar:
—No es el barco de Flint y Flint está muerto; pero ya que me lo preguntáis, os diré la verdad: algunos de los marineros de Flint van a bordo, para desgracia nuestra.
—¿No irá… un hombre… con una sola… pierna? —balbució.
—¿Silver? —le pregunté.
—¡Ay, Silver! Asà se llamaba.
—Es el cocinero, y también el cabecilla.