La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—¿Si consigues volver al barco, dices? —repitió—. Y ¿quién va a impedírtelo?

—Vos no, ya lo sé —le contesté.

—Y que lo digas —exclamó—. Y tú, ¿cómo te llamas, chico?

—Jim —le respondí.

—Jim, Jim —repitió, aparentemente muy contento—. Pues mira, Jim, he llevado una vida tan perra, que vergüenza te daría oír las que he pasado. Aquí donde me ves, por ejemplo, te costaría creer que he tenido una madre devota, ¿verdad? —preguntó.

—Pues sí, me cuesta —le contesté.

—Pues ya ves —dijo—, la tuve, y, además, muy piadosa. Y yo era un chico educado y también piadoso; me sabía el catecismo de carrerilla y lo recitaba de pe a pa sin respirar. Y a esto he llegado, Jim; todo empezó jugando al hoyuelo sobre las tumbas del cementerio. Empezó, pero luego fue a más. Mi madre ya me lo había advertido y me dijo lo que me iba a pasar, la pobre mujer. Pero es la Providencia la que me trajo aquí. Le he dado muchas vueltas a todo ello en esta isla desierta, y he vuelto al buen camino. Ya no me pescarás dándole tanto al ron. Solo un dedalito para brindar, por supuesto, si se presenta la ocasión. Me he jurado ser un hombre de bien y lo conseguiré. Y además, Jim —miró a su alrededor y bajó la voz hasta susurrar—, soy rico.


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