La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—¡Tres años! —exclamé—. ¿Naufragasteis?

—No, compañero —me respondió—. Me abandonaron.

Algo había oído yo de aquella práctica y sabía que era un espantoso tipo de castigo, bastante frecuente entre los bucaneros, que consistía en que dejaban en tierra al que había cometido algún delito, con un poco de pólvora y municiones, y lo abandonaban en alguna isla desierta y lejana.

—Me abandonaron hace tres años —continuó—, y desde entonces me he alimentado de cabras, bayas y ostras. Y lo que digo yo es que, allí donde se encuentre uno, siempre acaba por salir adelante. Pero, compañero, mi corazón suspira por una dieta cristiana. No llevarás encima un trozo de queso, ¿verdad? ¿No? Bueno, cuántas noches me las he pasado soñando con queso, sobre todo fundido, y luego me he despertado y aquí estaba, sin remedio.

—Si consigo volver al barco —le dije—, tendréis queso hasta hartaros.

Durante todo aquel tiempo me había estado palpando el tejido de la chaqueta, acariciándome las manos, mirándome las botas y, por lo general, en las pausas de su conversación, mostraba un deleite infantil ante la presencia de otro ser humano. Pero al oír mis últimas palabras, levantó la cabeza con un gesto de sorpresa y desconfianza.


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