La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Se había vuelto a ocultar detrás de otro tronco, aunque sin duda me había observado detenidamente, porque en cuanto empecé a avanzar a su encuentro salió de su escondite y dio un paso hacia mí. Luego vaciló, retrocedió, volvió a avanzar y, por último, para mi asombro y confusión, se hincó de rodillas y juntó las manos en ademán de súplica.

Al verlo, me detuve de nuevo y le pregunté:

—¿Quién sois?

—Ben Gunn —me respondió con voz áspera y torpe, como un cerrojo oxidado—. Soy el pobre de Ben Gunn; llevo tres años sin hablar con un cristiano.

Entonces me di cuenta de que era un hombre blanco como yo y de que sus facciones eran incluso agradables. Las partes de su cuerpo que no estaban tapadas se veían quemadas por el sol; incluso sus labios estaban negros; y sus ojos claros resultaban bastante sorprendentes en un rostro tan oscuro. De todos los mendigos que había conocido o imaginado, este era sin duda el rey de los harapos. Se cubría con jirones de lona de vela y de hule viejo; y todos aquellos extraordinarios remiendos estaban unidos por un sistema de sujeción de lo más variado e incongruente: botones de latón, palillos y tiras de calzones embreadas. Alrededor de la cintura llevaba un viejo cinturón de cuero con hebilla de latón, única pieza sólida de su atuendo.


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