La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Al momento volvió a aparecer aquella silueta y, dando un gran rodeo, se dispuso a cortarme el paso. Bien es cierto que estaba cansado pero, aunque hubiese acabado de levantarme, me di cuenta de que era vano tratar de competir en velocidad con semejante adversario. Aquel ser saltaba de un tronco a otro igual que un gamo y corría sobre dos patas igual que un hombre, pero, a diferencia de cualquier ser humano que hubiese visto anteriormente, él lo hacía casi doblado en ángulo recto. Y sin embargo, era un hombre, no me cabía ya duda alguna de ello.
Empecé a recordar todo lo que había oído contar sobre los caníbales. Faltó un pelo para que me pusiera a gritar pidiendo socorro. Pero el hecho de que fuera un hombre, por muy salvaje que pareciera, me tranquilizó hasta cierto punto, y el miedo que me daba Silver se reavivó en mí en la misma medida. De modo que me detuve, tratando de encontrar una manera de escapar; y mientras en esto pensaba se me vino a la memoria que llevaba encima una pistola. En cuanto me di cuenta de que no me hallaba indefenso, recobré el valor, me volví resueltamente hacia el hombre de la isla y me dirigí a paso ligero hacia él.