La Isla del tesoro
La Isla del tesoro De la ladera del monte, que en aquel lugar era abrupta y pedregosa, se desprendió un alud de piedras, que cayeron rodando y retumbando por entre los árboles. Volví los ojos instintivamente en aquella dirección y vi una silueta que, de un salto, se escondió detrás del tronco de un pino. No acerté a darme cuenta de lo que era, si oso, hombre o mono. Me pareció oscura y peluda, pero más no podía adivinar. El espanto que me produjo aquella nueva aparición me dejó clavado en el sitio.
No cabía duda de que estaba entre la espada y la pared: detrás de mí estaban los asesinos, y delante, aquel ser indefinido y furtivo. Enseguida pensé que eran preferibles los peligros conocidos que aquellos por conocer. El propio Silver me pareció menos terrible comparado con aquella criatura asilvestrada; giré sobre mis talones y, echando un vistazo hacia atrás por encima del hombro, comencé a desandar el camino, dirigiéndome hacia las chalupas.
