La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Al principio me imaginaba que el «baúl del muerto» sería idéntico al cofre que tenía arriba en la habitación, y esta idea se mezclaba en mis pesadillas con la del marinero cojo. Pero por aquel entonces ya no hacíamos demasiado caso de la canción; aquella noche no era nueva para nadie más que para el doctor Livesey, y observé que a él no le hacía ninguna gracia, pues levantó la vista un instante, muy irritado, antes de seguir conversando con el viejo Taylor, el jardinero, sobre un nuevo remedio para el reúma. Entretanto, el capitán se fue animando al son de su propia música, y al cabo golpeó la mesa con la mano, de aquella manera que todos sabíamos que quería decir: silencio. Enseguida enmudecieron todas las voces, menos la del doctor Livesey, el cual prosiguió como si tal cosa, en tono claro y sosegado, dando fuertes caladas a su pipa entre frase y frase. El capitán se le quedó mirando un rato, volvió a golpear la mesa con la mano, le miró todavía más furioso y al fin soltó un estentóreo y grosero juramento y dijo:

—¡Silencio ahí en el entrepuente!

—¿Es a mí, caballero? —preguntó el médico.

Y cuando el rufián le contestó, con otra blasfemia, que así era, el doctor le replicó:

—Os voy a decir una cosa, caballero: si seguís bebiendo ron, el mundo se verá pronto libre de un indeseable bellaco.


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